“Buenas tardes” le digo y por un instante
solo el silencio responde, ni una muestra me indica que me escuchó, parece como
si quisiera conservar su apariencia de piedra. Frío, inmóvil, permanece ajeno a
las curiosas miradas y al irresistible calor que casi le arranca las gotas de
sudor. Mas sus ojos lo delatan descubriendo al ser humano que se esconde tras
la pintura metálica.
“Soy periodista” le digo, al mismo tiempo que
me hace una seña y un niño a pocos metros tira de la mano de su madre para
indicarle que la estatua se mueve. Y como si quisiera que nadie más descubriera
su condición de humano, me enseña someramente con quien puedo obtener la
información que preciso.
