“Déme dos libras de tomate, escójame los maduritos que
hoy tengo visita en la casa y quiero hacer una buena ensalada”, así iniciaba el
diálogo de una señora con uno de los carretilleros que deambulan, o permanecen
inamovibles, en una de las céntricas esquinas de la urbe yumurina.
Echó alrededor de ocho frutos pequeños
entre verdes y pintones en la bolsa de la mujer que miró con recelo su compra.
“¿Cuánto es?”, inquirió. “20 pesos”, sentenció bien claro el vendedor. “Bueno
pues déjeme solo una libra”, recapacitó la señora, quien murmuró que aquello
era una estafa.
