Esta vez la subsede matancera acogió la
puesta de una de esas películas que un ve y lo deja recordando pasajes de su
existencia, por la similitud que guarda con experiencias vividas, con sitios
conocidos o tal vez con algunos que quisiéramos conocer. Esto me sucedió con
Melaza, de Carlos Lechuga.
El filme aborda una etapa gris, experimentada
por muchos pueblos: el cierre de los centrales azucareros. Su argumento cuenta
la historia de una pareja que vive en las ruinas del batey Melaza, cuyo ingenio
fue paralizado tras la crisis que provocó la caída de los precios del azúcar a
nivel internacional. La trama me hizo revivir mi infancia.
Con la molida llegaba el ajetreo, los hombres
sudorosos y en ropa de trabajo apuraban el paso para llegar temprano al nuevo
turno, anunciado por el pitazo del central. Las mujeres en sus puertas los
despedían sonrientes deseándoles buenos augurios para la jornada.
Cuando el Cuba Libre abría sus puertas, otro
aire se respiraba en el pequeño y apartado batey, nadie quedaba en casa, todos
querían saber de planes, de producciones, de rendimiento…El eco ensordecedor
del central y el estruendo de las locomotoras eran música para todos los oídos.
Desde mi escuelita primaria cercana al
antiguo ingenio de los Tarafa, el cual pasó a manos del pueblo luego del
triunfo revolucionario del primero de enero, observaba el panorama. Junto a la
ventana distraída veía pasar cada carreta hacia los enormes trapiches.
¡Y qué decir de las fiestas! Ninguna como
aquellas, convocadas por los grandes religiosos para bendecir al central y
pedir a los orishas una buena molienda. Con las zafras llegaban los caramelos
de azúcar, las chambelonas, las raspaduras y el sabroso guarapo que te endulza
la vida…
Todavía recuerdo con pesar aquel año en que
llegó la noticia. El Cuba Libre no molerá en esta zafra. A muchos se les encogió
el corazón, los más optimistas albergaron la esperanza de volverlo a ver moler,
los pesimistas con un cuño en la mano sellaron su destino, “ese no muele más”,
dijeron.
El rumor corrió como la pólvora, hasta que se
hizo oficial. Comenzó el desmantelamiento y con él a doler el corazón de todo
un pueblo. Hubo quien se aferró bien duro a una pieza y muchos recogieron
tornillos y tuercas con la nostalgia reprimida.
En aquella etapa aun era una niña, no
comprendía de cierres o paralizaciones, crisis, bajos precios, o su repercusión
para la economía del país, pero me dolía la tristeza, esa que se hace más
fuerte cuando cae la noche y a lo lejos no escuchas el murmullo familiar.
También queda esa añoranza que aun duele en
muchas almas, esa misma que siento aun lejos cuando los símbolos de un filme me
recuerdan el olor a melaza.