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martes, 17 de diciembre de 2013

Recuerdos con sabor a melaza




Con la nostalgia de volver a esperar un año para que regrese el magno evento, despedimos los pocos cinéfilos que aun apuestan por salir de casa para deleitarse con un buen filme, la 35 edición del Festival de Cine Latinoamericano en Matanzas.
Esta vez la subsede matancera acogió la puesta de una de esas películas que un ve y lo deja recordando pasajes de su existencia, por la similitud que guarda con experiencias vividas, con sitios conocidos o tal vez con algunos que quisiéramos conocer. Esto me sucedió con Melaza, de Carlos Lechuga.
El filme aborda una etapa gris, experimentada por muchos pueblos: el cierre de los centrales azucareros. Su argumento cuenta la historia de una pareja que vive en las ruinas del batey Melaza, cuyo ingenio fue paralizado tras la crisis que provocó la caída de los precios del azúcar a nivel internacional. La trama me hizo revivir mi infancia.
Crecí al frente de un campo de caña, en un pueblo de tradición azucarera. Para los habitantes de mi terruño cada zafra era una fiesta. El ruido de las combinadas cortando la caña, el ir y venir de las carretas que desbordadas dejaban caer pequeños trozos de cogollo, el olor a melaza y guarapo que desprendía el central, constituían grandes acontecimientos en el pueblecito de Pedro Betancourt, los únicos que ocurrían durante todo el año.
Con la molida llegaba el ajetreo, los hombres sudorosos y en ropa de trabajo apuraban el paso para llegar temprano al nuevo turno, anunciado por el pitazo del central. Las mujeres en sus puertas los despedían sonrientes deseándoles buenos augurios para la jornada.
Cuando el Cuba Libre abría sus puertas, otro aire se respiraba en el pequeño y apartado batey, nadie quedaba en casa, todos querían saber de planes, de producciones, de rendimiento…El eco ensordecedor del central y el estruendo de las locomotoras eran música para todos los oídos.
Desde mi escuelita primaria cercana al antiguo ingenio de los Tarafa, el cual pasó a manos del pueblo luego del triunfo revolucionario del primero de enero, observaba el panorama. Junto a la ventana distraída veía pasar cada carreta hacia los enormes trapiches.
¡Y qué decir de las fiestas! Ninguna como aquellas, convocadas por los grandes religiosos para bendecir al central y pedir a los orishas una buena molienda. Con las zafras llegaban los caramelos de azúcar, las chambelonas, las raspaduras y el sabroso guarapo que te endulza la vida…
Todavía recuerdo con pesar aquel año en que llegó la noticia. El Cuba Libre no molerá en esta zafra. A muchos se les encogió el corazón, los más optimistas albergaron la esperanza de volverlo a ver moler, los pesimistas con un cuño en la mano sellaron su destino, “ese no muele más”, dijeron.
El rumor corrió como la pólvora, hasta que se hizo oficial. Comenzó el desmantelamiento y con él a doler el corazón de todo un pueblo. Hubo quien se aferró bien duro a una pieza y muchos recogieron tornillos y tuercas con la nostalgia reprimida.
En aquella etapa aun era una niña, no comprendía de cierres o paralizaciones, crisis, bajos precios, o su repercusión para la economía del país, pero me dolía la tristeza, esa que se hace más fuerte cuando cae la noche y a lo lejos no escuchas el murmullo familiar.  
El tiempo pasó y hoy mi batey no es el mismo, de lo que fue el Cuba Libre solo queda el armazón, sus dos torres, su gran almacén de azúcar, y un enfriadero, convertido en piscina como parte de un plan de reanimación de los bateyes. 
También queda esa añoranza que aun duele en muchas almas, esa misma que siento aun lejos cuando los símbolos de un filme me recuerdan el olor a melaza.