
Quien sucumbió a la mala racha fue la
computadora, que sin previo aviso lo obligó a regresar a la “era del papel y el
lápiz”, como se burla él, sin el más mínimo respeto de quiénes aun acudimos al
grafito como forma de expresión. Había dejado de funcionar como por arte de
magia.
De más está decir que durante unos meses mi
camarada perdió el sueño. Aquel aparato que creía a prueba de balas, pues provenía
del extranjero, había llegado al límite, ¡zaz!, caducó sin explicación ninguna.
Decía mi colega que el dios analógico se reía de él por venerar la era digital,
mientras recorría cada clínica de ordenadores en busca de una cura para su
dolencia. Por fin, encontró a alguien que diagnosticó su caso: el disco duro y
la fuente habían colapsado.
“Todo tiene su tiempo, mi hermano”, le dijo
el informático. “Usted no ha oído hablar de la obsolescencia programada, ese es
el consumismo, hoy te compras una cosa y mañana salió una mejor, yo puedo
conseguirte las piezas pero cuestan más caras, porque casi no se fabrican ya”.
Por supuesto que mi conocido escuchó alguna
vez hablar de la obsolescencia, pero al no ser un término tan manejado, lo
creía tan insignificante para su vida, que nunca pensó tener que lidiar con él,
mucho menos que su repentina aparición le saliera tan costosa.
Hoy
no resulta difícil encontrar en los hogares cubanos equipos frágiles, que nos
hacen sentir nostalgia por aquellos que con décadas de creados todavía sacan de
apuro a más de uno. ¿Cómo olvidar los ventiladores Órbita o las lavadoras
Aurika, no muy estéticas como las nuevas que se fabrican ahora, pero fuertes y
perdurables?
Lo
cierto es que aunque complicado el término, muchos lo definen como la caducidad
concebida del artículo desde su diseño por el fabricante para que no dure más
allá del tiempo deseado. Así algunos mercados planifican su duración mediante
la utilización de materiales menos consistentes, o incluso, limitando el uso
hasta un determinado número de veces.
Aunque
el fenómeno tuvo su origen a principio del siglo XX cuando la incorporación de avances tecnológicos a los
procesos de producción aumentó considerablemente la productividad, en la
actualidad se acentúa aún más
con la dinámica compra, tira, compra.
Son
modelos impuestos por las sociedades del consumo que si bien a defensa de
muchos capitalistas constituyen la base
del desarrollo al impulsar la evolución de la tecnología, lo cierto es que
resulta un mecanismo de lucro muy rentable para las grandes empresas, cuyo
resultado final provoca el agotamiento de los recursos y la generación de
residuos electrónicos, además de grandes estragos en los bolsillos de quienes
no estamos en condiciones de variar con frecuencia.
Finalmente, luego de una incansable búsqueda,
meses de espera y una pequeña fortuna de por medio, llegaron los anhelados
fragmentos que aliviarían dos o tres años más las penas de mi amigo, hasta el
nuevo boom de otro producto o hasta que alguien desde la acomodada silla de
algún emporio decidiera que su computadora necesitaba ser renovada.
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